¿En cuántas conversaciones hemos estado en que sale el comentario “es que esta persona tiene actitud”?
¿Necesitamos actitud para hacer parte de un equipo? ¿Para influir o contagiar? ¿Para que el jefe esté tranquilo?
La actitud se ve muy fácilmente. Pero está lejos de ser simplemente una fachada.
Miremos sus componentes:
- Comprender: la situación que tenemos en frente, en un nivel en que entendemos qué es, de qué se trata, qué implica para nosotros desde el punto de vista de esfuerzo y de recompensa.
- Estar involucrados: Sabemos que nuestro perfil, rol o experiencia puede aportar al progreso del objetivo a lograr.
- Estar apasionados: El objetivo o lo que nosotros sabemos hacer para que se logre, nos hace vibrar, nos invita a trabajar en él sin mayores cuestionamientos.
- Estar presentes y conscientes: En cada una de las acciones requeridas para lograr los objetivos.
- Comunicar todo el tiempo: las dudas, los éxitos, la ayuda requerida, le terminación de una tarea. La comunicación oportuna y fluida aumenta la confianza del equipo.
- Cuestionar: Todo aquello que no conduzca hacia el logro del objetivo trazado -oportunamente- para dar espacio a cambiar el curso de acción.
- El lenguaje corporal: que coincide con el apasionamiento por el tema en cuestión, la confianza derivada de nuestra posición frente al proyecto y de nuestra capacidad para lograr sus objetivos.
- Estar comprometidos: Nos vemos a nosotros mismos como una de las piezas claves para alcanzar el objetivo y asumimos cada parte de la responsabilidad que nos corresponde para lograrlo. Nos responsabilizamos por la tareas que nos corresponden y nos comunicamos responsablemente con nuestros co-equiperos cuando vemos que algo puede fallar, para pedir ayuda o para demostrar que podemos ayudar si alguien tiene un problema.
- Aceptar los desafíos: Comprendemos que un obstáculo nos puede llevar a cuestionar el plan original para encontrar una manera diferente de hacer las cosas, para aprender o para esforzarnos en lograr la meta.
- Confiar en el proceso: aunque haya cosas que parezca que no van a salir, aunque sepamos que no sabemos todo; en nuestra capacidad de aprender lo que nos falte, en aprender haciendo.
- Ser resilientes: Ante las adversidades y la frustración que nos pueden causar los obstáculos. Porque si reconocemos que algo no funciona y superamos las emociones asociadas a la derrota, no sólo nos vencemos a nosotros mismos, sino que podemos contagiar a los demás.
- Ser tolerantes, aunque no permisivos: Con las dificultades que a otros se les presentan, con disposición a escuchar y apoyar la construcción de nuevos caminos si eso se requiere, para alcanzar la meta.
En síntesis, la actitud proviene de tener la convicción de estar en el lugar correcto, con las capacidades apropiadas, la disposición a aprender y a superar retos cuando se presenten y la confianza en contar con los recursos y personas necesarios para lograr nuestro objetivo. Así, la enumeración anterior puede aplicar a nuestra reflexión sobre nuestra propia actitud o la de otros. Y lo cierto es que cuando falta actitud -la nuestra o la de otras personas- en todo lo que significa la palabra, ¿qué nos queda a los líderes? hacer las preguntas correctas, para saber en dónde está una persona (o nosotros mismos) y qué necesita de nosotros, de los recursos de la organización o del equipo, para fortalecerse en cualquiera de estos aspectos. ¿Qué preguntas podemos hacer?
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