Hay situaciones que marcan negativamente nuestras vidas. Crean en nosotros ese mal recuerdo que quisiéramos olvidar, el que se convierte en un retrato en sepia, inerte, inmóvil y frío.
Superarlas, tomar nuevas decisiones y salir adelante, es lo que en la literatura del coaching y el liderazgo consciente, denominamos resiliencia.
¿Qué pasa si no lo logramos? ¿Por qué no siempre nos podemos levantar? Levantarse de muchos fracasos no es tarea fácil. Una quiebra, un proyecto malogrado, un despido, se convierten muchas veces en una marca emocional que nos impide evolucionar.
Cultivar resiliencia es algo más práctico que teórico. Por mucho que sepamos cómo deberíamos actuar si nos quebramos, si el proyecto fracasa y con él, nuestra reputación y posición corporativa, o nos despiden, una cosa es saber qué hay que hacer y otra es enfrentarse a ello cuando ocurre.
Así, la resiliencia no venía con nosotros y empezamos a aprender a ser resilientes cuando nos levantamos de la primera caída. Mucho antes de la vida corporativa. Del caballo, de la bicicleta, de los patines.
Aprendimos a procesar la huella emocional del fracaso, apoyados en quienes nos rodearon y nos quisieron. Y para eso, fue importante haber aprendido a confiar y a construir relaciones.
Aprendimos a superar los obstáculos, cuando el deseo de alcanzar la satisfacción que nos daría el objeto preciado o la meta soñada, nos impulsaba por encima de ellos.
Aprendimos a confiar en nosotros mismos, cuando pudimos reconocernos a nosotros mismos, apreciando nuestra capacidad, esfuerzo y posibilidades en cada pequeño paso que logramos.
Aprendimos a anhelar triunfos parecidos a los de otros, que se convirtieron en nuestro punto de referencia.
Lo importante será, cuando nos tomemos la foto en la caída, encontrar el lugar en la repisa, en donde podamos ver el retrato para recordarlo como el momento de reflexión y aprendizajes que podemos superar con todo el bagaje que veníamos acumulando en la vida: la resiliencia, la confianza en nosotros y en otros, la capacidad de superar obstáculos y de anhelar nuestros triunfos.
La caída no nos redefine como incapaces o culpables, olvidando quienes fuimos antes de llegar a ella.
Por eso, lo importante será también, no convertirnos nosotros mismos en el retrato en sepia, inmóvil y sin esperanza, sino tomar del equipaje de nuestra experiencia para volver a pintar en colores, con intención, decisión, paciencia y nuevas fortalezas y aprendizajes, nuestra nueva empresa, un proyecto diferente, una posición profesional diferente y muchas satisfacciones a las que denominaremos “experiencia de vida”.
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