El tiempo en la comunicación – Parte I – Velocidad

Cada momento de comunicación es único. Por eso, parte de aprovecharlo, es encontrar la velocidad adecuada para transmitir tu mensaje. Aquí enumero algunos factores que inciden en la velocidad y cómo modularla para lograr mayor efectividad con tu mensaje.

Cada momento que tenemos para comunicar es único e irrepetible y por esto, es importante que tengamos en cuenta cómo el tiempo afecta desde distintos ángulos el logro de nuestros objetivos de comunicación. En este artículo hablaré de la velocidad, ya que mucha o muy poca, puede generar aspectos adversos en nuestra comunicación.

¿Por qué hablamos a veces a gran velocidad? Por diversas razones:

  • Conocemos mucho sobre un tema y suponemos que quienes nos escuchan también. En este caso, es necesario preguntar antes de iniciar la conversación a nuestros interlocutores, cuánto saben del tema que vamos a tratar y, si saben poco, brindar el contexto apropiado que después les pueda permitir entendernos… y en todo caso, moderar la velocidad a conciencia porque probablemente, si varios no tenían información suficiente, será la primera vez que se enfrentan al tema de nuestra conversación.
  • Porque nos han limitado para hablar: Puede pasar mucho en reuniones de negocios, que hemos preparado una conversación que estimamos puede durar entre 40 minutos y una hora y cuando inicia la cita, nos dicen que tenemos una fracción del tiempo preparado. 

Aquí, no recomiendo de ninguna manera intentar decir lo planeado en el espacio notablemente más corto de tiempo que nos dieron. Minimizaríamos el trabajo que hemos hecho y es altamente probable que mientras hablamos, la otra persona tenga más su mente en su compromiso siguiente que en lo que le queremos comunicar. 

Así, vale la pena validar si se puede aplazar la reunión -para garantizar que tendremos el tiempo de hablar sobre lo preparado- o, si hay urgencia de dejar lo importante sobre la mesa, estar listos para relatar con claridad las dos o tres ideas principales que queremos que la persona definitivamente se lleve, usando dentro del margen de tiempo que nos dieron el ritmo apropiado para que las ideas se comprendan y validando la comprensión del interlocutor a pesar de la urgencia. 

  • Porque tenemos nervios de nuestra intervención frente a otras personas. Esto puede suceder por introversión, falta de experiencia o bajo dominio del tema. Es importante mencionar que la poca experiencia o el bajo dominio del tema, no nos exime de la responsabilidad de preparar nuestra exposición. Por el contrario, la preparación nos ayudará a retarnos frente a la introversión y a estar listos para la conversación desde lo poco que sepamos. Y, establecer dentro de qué límites estamos exponiendo (sin excesiva humildad) crea un contexto común con los otros y seguro para nosotros, en el que podremos moderar la velocidad hablando de lo que sí sabemos, proyectando el dominio que empezamos a tener sobre el tema.
  • Por alguna suposición acerca de que no tendremos el tiempo suficiente. Participar en una reunión con muchas personas, experiencias en reuniones similares en las que nos hayan limitado el tiempo, puede hacernos creer que nuestro tiempo está limitado como en casos anteriores. Para estas situaciones, recomiendo siempre estar seguros de cuánto tiempo tenemos, según lo haya indicado el formato de la reunión o preguntarlo abiertamente para moderar la cantidad de contenido que vamos a exponer.

¿Y qué pasa con la poca velocidad?

  • Esta puede venir de un temperamento pausado y de la costumbre de hablar más lento que quienes nos rodean. Solo lo notaremos al compararnos con otros en la mesa de trabajo o al ver las distracciones del público. Aquí recomiendo preparar bien los puntos importantes y un ejemplo relevante para cada uno, de modo que se conviertan en el apoyo al que recurrimos según cómo reaccione el público. Con los puntos y los ejemplos listos podemos acelerar o detenernos a voluntad, leyendo a la audiencia en lugar de improvisar sobre la marcha; sin preparación, en cambio, caemos en muletillas y rodeos que alargan la intervención sin aportar. 
  • La poca velocidad también puede venir de la inseguridad: dudar de lo que decimos nos hace demorarnos, repetir y dar vueltas antes de llegar a la idea. Aquí, de nuevo, la preparación es la que nos devuelve el ritmo.

Al final, ni la mucha ni la poca velocidad son el problema en sí: el problema es no ser conscientes de ellas. La velocidad adecuada no es la nuestra, sino la que permite que el otro entienda. Y esa solo la encontramos observando, preguntando y ajustando sobre la marcha. 

Tenemos que hacer válido y valioso el tiempo que tenemos para comunicar.

Mientras llegamos a las próximas publicaciones sobre el uso del tiempo en la comunicación, los dejo con una pregunta: ¿a qué velocidad hablas tú, y qué te hace acelerar o frenar? 

¡Los leo en los comentarios!

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