Los procesos de educación, coaching y en últimas, transformación personal, conducen a que las personas noten las razones por las que siempre obtienen los mismos resultados y una vez cuestionen estas razones, formulen los pasos a seguir para cambiar. Cambiar, puede ser cualquier cosa: desde cómo tener una conversación difícil hasta cómo crear un hábito que nos conducirá a un resultado esperado.
Me he encontrado a veces con personas que -días después de su reflexión y supuestamente haber tomado una decisión de cambio- me comparten la noticia de que decidieron no hacer lo establecido. Y, sorprendentemente la razón para decidir no cambiar, está en los otros: “es que no estamos aplicando lo aprendido”; “es que yo cambio y ellos no cambian”…. seguro conocemos varios tipos de formulaciones similares a estas.
El obstáculo más difícil para vencer frente al cambio, es nuestro ego. Amorfo e indescriptible en características claras. Simplemente no las podemos listar y decir qué de nuestra forma de pensar o actuar es ego y qué no.
Entrando en descripciones prácticas acerca del ego, podemos decir sencillamente que es la definición de la identidad que tenemos de nosotros mismos. Si digo que soy muy buena en matemáticas y siempre estoy estudiando, aprendiendo y midiéndome con retos de mi capacidad matemática, estaré trabajando desde lo que me gusta llamar el ego funcional.
El ego disfuncional, tiene diversos matices que a continuación trato de enumerar. La lista no es exhaustiva y busca ser un conjunto de observaciones para nuestra evaluación propia o para tomar consciencia de cuándo podemos ayudar a otros a ir más allá de su ego.
- Las afirmaciones categóricas, proceden del ego “¡eso no va a pasar!”, “¡siempre pasa lo mismo!”, “¡nunca sale bien!”
- Las definiciones inamovibles sobre nuestro carácter: “es que yo nunca he sido bueno con…”
- Las afirmaciones acerca de cómo será el futuro, basados en cómo fue una situación similar pasada: “seguro pasa como la otra vez, que….”
- La postura de superioridad moral porque nosotros sí hacemos pero los demás no…. de eso se trata el liderazgo, de hacer las cosas diferentes a los demás, e inspirarlos no sólo con nuestras palabras, sino con nuestro ejemplo, no de volvernos a ajustar en el rebaño para apenas encajar y no transformar
- La postura de saberlo todo con base en conocimientos leídos pero no necesariamente aplicados o experiencias previas cuyo contexto era diferente al actual. Vale la pena preguntarnos,
- ¿qué circunstancias de este momento son realmente iguales a aquello que conozco?
- ¿qué variaciones caben en este escenario?
- ¿qué estoy dispuesto a probar y a perder o ganar según el resultado de la prueba?
- La dificultad para escuchar las ideas y criterio de otros, que podrían enriquecer el debate en busca de la mejor solución para todos, enfocados únicamente en obtener la razón
- La actuación solitaria dentro del equipo que -lejos de reflejar autonomía y responsabilidad por las propias tareas- comunica la sensación de “nadie lo hace mejor que yo”
- La apatía o indiferencia en la acción, esperando a que otros resuelvan, porque no estamos dispuestos a asumir la responsabilidad de lo que pase, sobre todo si es un resultado adverso… la actitud de desinterés es una forma de resguardarnos de señalamientos, protegiendo nuestro ego.
Las dos últimas tienden a pasar inadvertidas porque viven en cualquier grupo como el conflicto silencioso. No son evidentes pero también son muestras del ego viviente.
¿Y qué podemos hacer para “mantener el ego a raya”?
Primero y de manera absoluta, integrar a nuestra identidad de líderes tres elementos: ser pacientes, resilientes y persistentes, con nuestra causa, con nosotros y con otros.
- Paciencia para no reaccionar con impulso, aceptar la realidad en el momento y observarla, para poder analizar y barajar nuestras opciones con mente objetiva, descontaminada de emoción.
- Resiliencia, para no derrotarnos ante las adversidades y aprender a capitalizarlas como aprendizajes.
- Persistencia, para continuar tras nuestros objetivos, superando nuestras derrotas y llevando las lecciones aprendidas en nuestro maletín. Estas nos llevarán por caminos nuevos eligiéndolos con criterios nuevos. El objetivo persiste, el camino lo podemos seguir haciendo y persistir nos hace fuertes a nosotros e inspira a los demás.
La práctica indiscutible y diaria de estas tres virtudes, nos hará que cultivemos la humildad. Humildad para escuchar, para hacernos a un lado cuando el tema en el que estamos involucrados no lo dominamos nosotros, humildad para admitir cuando nos hemos equivocado.
El cambio individual es necesario para progresar como personas, como equipo. El liderazgo no necesita personas a cargo, ejercemos nuestro auto-liderazgo cuando necesitamos cambiar el resultado, las relaciones, la satisfacción con nuestras responsabilidades.
No es necesario ser Gandhi, Mandela o Churchill para ser reconocidos como líderes y generar cambios en nuestro entorno. Aunque el impacto que ejercemos no abarque, como en el caso de ellos, causas regionales con grandes poblaciones, nuestras posibilidades de transformar la realidad están mucho más cerca de lo que imaginamos: en nuestras familias, trabajo, comunidades, en todos los grupos a los que pertenecemos. El cambio está en moldear nuestro ego en aras de construir el bien común y es el comienzo del cambio en nuestro entorno.
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