Conversaciones cruciales

Con frecuencia evitamos tener conversaciones difíciles, tratando de evitar peleas, protegiendo nuestros egos y a la final, creando más distancia con aquellos que nos rodean, que acuerdos, conciliaciones y bienestar común. Hay mecanismos que nos ayudan a construir y solidificar nuestras relaciones interpersonales en todos los planos de nuestras vidas.

Debo admitir que el nombre de este libro, que acabo de terminar, hace poco honor a su relevancia. Hace parte de las materias que debieron estar en el pénsum de nuestros colegios para prepararnos para la vida. Dejo aquí mi perspectiva:

Para empezar, ¿qué es una conversación crucial?

Es aquella en la que hay factores importantes en juego,  despierta opiniones contrarias y emociones fuertes…. dicen los autores (Kerry Patterson y otros). ¿Leíste bien? Opiniones contrarias y emociones fuertes. Con esta frase, yo interpreto: “PELEA”.

¡Qué miedo tener una conversación difícil y ganarme una pelea! es lo que debo haber pensado cada vez que no tuve una conversación difícil: pedirle a alguien que me devolviera dinero que le presté hace meses; cómo pagamos la cuenta cuando todos estamos mal de dinero; “considero que con tus capacidades y conocimiento puedes hacer algo mejor…. “. Imaginemos nuestros propios casos. 

¿Qué pasa cuando no tenemos la conversación difícil? Nos traicionamos a nosotros mismos… dejamos de pedir algo que sabemos necesitamos, o que es nuestro derecho, o la responsabilidad del otro dárnoslo. Renunciamos a un ascenso, a un aumento de salario, en fin. Permitimos que una relación empiece a andar sobre supuestos que no validamos, no confrontamos. Y años de relación sobre supuestos y malentendidos… todos hemos pasado por ahí: destruyen la relación.

Abstenernos de tener una conversación crucial no es un mal menor. El libro cita el caso frecuente de enfermeras recordándoles a médicos durante cirugías, las medidas de asepsia antes del procedimiento, siendo deliberadamente ignoradas por ellos. ¿cuántos asistentes de cirugía, después de haber sido ignorados un par de veces en estas circunstancias, volverán a intentar aportar algo que le corresponde a su nivel de experiencia y responsabilidad?

Habrá miles de razones por las que no tenemos conversaciones difíciles, pero me quedé con una razón que considero que debe ser la mamá de todas las que nosotros tengamos. Supongamos que algo como lo siguiente pudo suceder en mi infancia: Los fines de semana cuando pequeños, mis papás nos llevaban a donde las abuelas. Una de ellas hacía un postre de natas, delicioso según quienes lo probaron. Y, digamos que llegué donde mi abuela y llena de felicidad, me sirvió el postre de natas que no me gustaba. Yo era una niña y no supe abstenerme de hacerle mala cara al delicioso manjar preparado con mucho amor. Y mi mamá, para evitar ofender a la abuela, intentó minimizar mi reacción, justificarme ante mi abuela y me regañó por expresar con sinceridad mi disgusto. Mi asociación emocional fue que expresar disgusto por una cosa, en la que alguien invirtió su amor, dedicación, tiempo o trabajo, era expresar desamor por la otra persona

Trasladado esto a la cotidianidad adulta, que por supuesto incluye el entorno laboral, nos lleva a evitar a hablar abiertamente de los desaciertos en nuestras decisiones como equipo, a tomarnos de forma personal las retroalimentaciones de cualquiera que trabaje con nosotros y esté interesado en que hagamos las cosas mejor o que triunfemos juntos, porque creemos estar adentrándonos en el terreno del desamor y las desaprobaciones del pasado.

Cada uno de nosotros recordará sus experiencias reales que le llevaron a aprender a hacer asociaciones falsas entre el disgusto por los hechos o actos de otro y el desamor, la invalidación o el rechazo hacia esa persona. Y como queremos ser percibidos como “buenos”, evitamos la confrontación amable alrededor de algo que no nos gusta y no disfrutaremos aunque lo hayan hecho con la mejor intención posible.

¿Cómo se trasladaron experiencias personales a la vida adulta? Evitamos expresarnos por temores como por ejemplo, ser rechazados, ser clasificados bajo una categoría de baja aceptación en nuestro grupo (“… usted está pensando como los del área de operaciones y no se le olvide que aquí estamos los de ventas”), miedo a generar una confrontación que nos separe (ese miedo nos impide contemplar la confrontación(*) que nos acerque y planearla) o que el otro nos gane. Todos estos temores provienen de querer proteger nuestro ego y nos ponen a jugar en el territorio de lo pequeño, Dejamos que nuestro ego gane y nos limitamos en la búsqueda del bien común.

Como vale la pena leer el libro y -como en todo- PRACTICAR, solamente los dejo con tres recomendaciones que los autores nos dan, para salirnos del ego y planear nuestra conversación teniendo en cuenta tres ángulos:

  • ¿Qué deseo para mí mismo?
  • ¿Qué deseo para otros?
  • ¿Qué deseo para la relación?

Yo por mi parte deseo que en todos los planos de nuestras vidas, busquemos permanentemente la conciliación entre los intereses individuales anteponiendo el bien común a éstos. Creando realidades compartidas y fortaleciendo la cohesión de aquellos grupos a los que pertenecemos: familia, amistades, trabajo. Y eso sólo se logra con mayor consciencia sobre nosotros mismos y disposición a confrontar amablemente practicando a diario las recomendaciones que este sabio libro nos ofrece. 

(*) Confrontar, en este contexto lo planteo con el significado de examinar dos o más cosas, textos o ideas y ponerlas una junto a la otra para comprobar sus similitudes, diferencias o la veracidad de una de ellas. No me refiero aquí a confrontaciones agresivas o peleas.

El libro se llama “Conversaciones Cruciales” de Kerry Patterson y tres autores más.

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